La partitura de la improvisación: el hilo invisible que une a Melella y Vuoto

Detrás de las puestas en escena demagógicas y los discursos disruptivos, la inacción y la falta de rumbo hunden a Tierra del Fuego -y especialmente a Ushuaia- en una parálisis estructural inocultable.
Opinión16 de junio de 2026Christian BissoChristian Bisso

editorial_16062026


Gustavo Melella y Walter Vuoto tienen mucho más en común de lo que sus calculadas distancias públicas sugieren. Ambos se exhiben ante la ciudadanía como figuras incompatibles, con estilos diferenciados y orígenes diversos, pero en el fondo las similitudes se vuelven evidentes cuando uno profundiza en lo que hacen, pero de manera más dramática e inapelable, en lo que no hacen. 

Se muestran disruptivos, modernos y portadores de una supuesta pose progresista y renovadora; sin embargo, en definitiva, se han convertido en un engranaje más del mecanismo desgastado que hunde a la provincia y especialmente a la capital fueguina en la más profunda depresión. Es la consolidación de la improvisación como motor de la inacción, y la inacción entendida como la expresión latente de un Estado que, simplemente, no funciona hace rato. 

Un axioma contemporáneo de la praxis política dice que “lo que se hace con precipitación y sin plan, nunca sale bien; la improvisación es la guía del fracaso”. En los despachos oficiales de la gobernación y del municipio capitalino, esa guía parece haberse transformado en la única hoja de ruta disponible. 

La absoluta falta de herramientas técnicas de gestión y el desinterés estructural por las necesidades reales de la población se maquillan diariamente con puestas en escena demagógicas, vulgares y de un cortoplacismo alarmante. No hay planificación profunda, solo hay eventos; no hay políticas de Estado, solo hay marketing de urgencia. 

El contraste entre el relato oficial y la cruda realidad se ha vuelto obsceno. Que en el mismo momento en que Walter Vuoto simula conciencia social y entrega una camioneta a un grupo de trabajadores desocupados sea denunciado mediáticamente en la televisión nacional por fomentar un dañino basural a cielo abierto, es una muestra elocuente del descalabro. 

Mientras el intendente habla con soberbia de una gestión municipal “sólida” y “vanguardista”, media ciudad de Ushuaia queda completamente anegada, intransitable y colapsada ante la primera tormenta más o menos contundente. El agua que inunda las calles deja en evidencia que a las severas fallas de infraestructura, gestión y planificación urbana se las intenta tapar crónicamente con algunos espasmos sensibleros y mucho voluntarismo chabacano. Un plan de acción que se derrumba apenas la naturaleza exige lo que la ingeniería y la política debieron prever. 

Para el caso, el gobernador Gustavo Melella sigue exactamente el mismo camino, trazando ese nexo indisoluble que lo vincula a Vuoto en el altar de la imprevisión. Al igual que a nivel nacional se ha visto en épocas oscuras donde los relatos reemplazaban a los números públicos, la gestión provincial ha decidido divorciarse de la verdad. 

Mientras el mundo y los inversores internacionales observan con lupa geopolítica y económica qué sucede en el Cono Sur, los funcionarios de Melella falsean estadísticas oficiales y mienten sin pudor acerca del potencial petrolero de una provincia cuyo declive productivo ya es un secreto a voces e inocultable. 

En lugar de trazar un plan de reconversión o contingencia, la receta es mentor en las estadísticas, una improvisación que destruye la seguridad jurídica y ahuyenta cualquier atisbo de desarrollo real.

La insensibilidad ante la urgencia social es otra marca de época que hermana a ambos mandatarios. Mientras cientos de vecinos de los barrios más vulnerables de Ushuaia y Río Grande esperan con angustia una definición crucial acerca de la provisión de gas envasado y el subsidio correspondiente para afrontar el crudo invierno, la gestión de Melella prefiere el teatro político. 

Monta una puesta en escena burda con militantes vecinales propios para exhibir en las redes un fingido consenso social que solo le sirve al gobernador para ganar tiempo frente a las cámaras. De soluciones de fondo, reales y sostenibles, ni hablar. Se gobierna para la tribuna mientras el frío acecha.

Por estas horas, la atención política se traslada con indisimulable expectativa a los despachos nacionales, donde se sigue de cerca la reunión de Melella con el ministro del Interior, Diego Santilli. El trasfondo del encuentro desnuda la debilidad extrema del relato fueguino: el funcionario nacional va a pedirle apoyo a la reforma electoral impulsada por la Casa Rosada. 

A cambio, los operadores centrales le ofrecerían sostener económicamente la agonía financiera de una gestión provincial que se cae a pedazos, asfixiada justamente por la improvisación y la falta de rumbo económico interno. Melella sabe perfectamente que no está en condiciones reales de “pararse de manos” ni de sostener una épica soberana ante el presidente Javier Milei y los suyos.

El desenlace de esta encrucijada es previsible y expone la doble moral que define a este cordón umbilical de la improvisación. El gobernador va a patalear públicamente, va a vociferar su rechazo ideológico para conformar a sus bases y mantendrá el tono confrontativo en los medios locales; pero, en el fondo, la asfixia que le genera su propia incompetencia de gestión lo va a forzar a llegar a un acuerdo. 

Eso sí: será un pacto que firme en privado, pero que rechace y desconozca en público. Tanto desaguisado y debilidad estructural hay que ocultarlos, como siempre, con diatribas ideológicas trasnochadas y un postureo sumamente incómodo.

Tierra del Fuego y la ciudad de Ushuaia están sometidas de manera simultánea a las pinzas de la improvisación. Las gestiones de Walter Vuoto y Gustavo Melella, lejos de representar modelos alternativos, hacen de la falta de previsión su verdadera y única hoja de ruta común.

Una hoja de ruta que prescinde del plano y de la brújula y que está llevando inexorablemente a los fueguinos al callejón sin salida de un presente conflictivo y un futuro despojado de toda esperanza. 

Cuando la política se reduce al espasmo de la urgencia y al maquillaje del fracaso, la sociedad entera queda huérfana de futuro. Es tiempo de exigir que el destino de una provincia estratégica como la nuestra no se decida en el ensayo y error de quienes confunden gobernar con improvisar.

 

Te puede interesar