El caso Adorni y cómo un fusible puede provocar la destrucción del motor central

La decisión de Milei de sostener al jefe de Gabinete, aún cuando los propios ya parecen haberle soltado la mano, dejó de ser un problema sectorial para convertirse en una crisis de diseño institucional que afecta su mayor activo: la credibilidad.
Opinión18 de junio de 2026Christian BissoChristian Bisso

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Hay un axioma de la mecánica que aplica perfectamente a la política: los fusibles se inventaron para quemarse antes de que la sobrecarga destruya el motor central. 

Sin embargo, en la gestión de La Libertad Avanza, la lógica de la lealtad personal parece desafiar las leyes de la física política. La permanencia de Manuel Adorni en la Jefatura de Gabinete -tras meses de un goteo incesante de revelaciones patrimoniales, citaciones judiciales y explicaciones insostenibles- ha dejado de ser un problema sectorial para convertirse en una crisis de diseño institucional que amenaza el activo más valioso de Javier Milei: su credibilidad.

El “Adorni Gate” mutó de una simple polémica por el uso de la flota presidencial y viajes familiares, a un laberinto judicial por presunto enriquecimiento ilícito liderado por la Justicia federal.

La admisión pública del funcionario respecto a haber omitido declarar más de medio millón de dólares en ahorros ante el fisco -justificándolo como un “error” de su actividad privada en criptomonedas y “ahorros en negro” para escapar de la política recaudatoria de la vieja política- cruzó una línea de no retorno.

La justificación no solo rozó el absurdo legal para quien debe coordinar la administración del Estado, sino que operó como un búmeran retórico contra el propio discurso de transparencia oficial.

El frente legislativo expone con crudeza la soledad del ministro coordinador. La oposición más dura, nucleada en el peronismo y bloques de izquierda, ya no se limita al pedido de informes; avanza decidida hacia una interpelación parlamentaria y el impulso de una moción de censura con el objetivo explícito de su destitución inmediata.

Pero el verdadero termómetro de la crisis no está en las bancadas opositoras, sino en el comportamiento de los bloques aliados. Espacios como el PRO y sectores del radicalismo, que han sido el sostén parlamentario del Gobierno, le han soltado definitivamente la mano.

Las declaraciones de referentes del PRO advirtiendo que “el riesgo Adorni existe” y adelantando que votarían a favor de su remoción si el tema llega al recinto, demuestran que el costo de defender lo indefendible se volvió prohibitivo para quienes deben cuidar sus propios territorios y electorados. Los gobernadores dialoguistas ya expresan abiertamente su fastidio ante una parálisis de gestión provocada por un funcionario que se transformó en un tapón político.

El impacto hacia el interior del ecosistema libertario es quizás el síntoma más novedoso y preocupante para la Casa Rosada. En las redes sociales -el territorio natural donde se fundó y se defiende el proyecto de Milei- el clima cambió de forma drástica.

Relevamientos de opinión digital indican que las menciones hacia Adorni alcanzaron récords históricos con un rechazo superior al 75 %, asociando su figura a términos como “evasor” o “mentiroso”.

La propia militancia en la plataforma X, usualmente orgánica y abroquelada frente a cualquier ataque exterior, empezó a exigir una “salida elegante” o una renuncia directa. Para las bases que abrazaron la premisa de combatir a la “casta” y sus privilegios, la permanencia de un funcionario que confiesa activos en negro y cuyo patrimonio familiar muestra deudas inconsistentes es un trago imposible de digerir.

¿Por qué Javier Milei decide sostenerlo a pesar de que los principales medios internacionales ya reflejan el escándalo a nivel internacional y la gestión en el Congreso se encuentra empantanada? La respuesta anida en la psicología del poder presidencial.

Para Milei, retroceder ante la presión de la oposición o de los medios es interpretado como una muestra de debilidad inadmisible. El Ejecutivo prefiere pagar el costo del esmerilado diario antes que entregar una pieza clave bajo el fuego enemigo.

Sin embargo, esta intransigencia encierra una paradoja peligrosa: al blindar a Adorni, el presidente traslada la mancha del escándalo directamente a su propia figura. El relato del “sacrificio colectivo” para ordenar las cuentas del país pierde potencia moral cuando la Jefatura de Gabinete se vuelve el epicentro de sospechas de evasión y enriquecimiento.

El Gobierno ha ganado algo de tiempo postergando debates y fijando la comparecencia del funcionario en el Senado para los próximos días. Intentan que la atención pública se disperse con la agenda deportiva o coyunturas internacionales. Pero la política, al igual que los mercados, se rige por expectativas.

Sostener a Manuel Adorni ya no es un acto de autoridad; es un ejercicio de desgaste autoinfligido que consume un capital político que la gestión de La Libertad Avanza necesitará intacto si pretende llevar a buen puerto sus reformas estructurales.

 

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