


El truco de la vieja política y el escarmiento que en Tolhuin no ven venir
Christian Bisso
Hoy quiero desarmar, pieza por pieza, la trama oculta y descarnada que se está viviendo en el mismísimo corazón de la isla. Para entender el presente de Tolhuin, no podemos quedarnos en la superficie de las discusiones vecinales ni en la simple anécdota de la comidilla política propia de pueblo chico.
Hay que ponerle nombre y apellido a la voracidad de un sector que se resiste a comprender que los tiempos han cambiado de forma drástica. Liderados de manera obstinada por el concejal Matías Rodríguez -recordado por denuncias públicas de ribetes insólitos sobre el uso de recursos públicos para fines personales-, el Concejo Deliberante local se ha transformado en el escenario de la interna más descarnada, feroz y monstruosa de la política fueguina.
Un espectáculo montado para la tribuna partidaria que busca, pura y exclusivamente, asfixiar el crecimiento de una comunidad que exige dejar atrás el atraso del pasado. Hablemos claro, de frente y sin vueltas: salvo la edil Florencia Auat, quien mantiene una relación madura y fluida con el Ejecutivo municipal entendiendo cuál es su rol de cara a la sociedad, el resto de los concejales responde de manera vertical y obsecuente a Walter Vuoto.
Y esto se nota de forma escandalosa en el día a día institucional. Políticamente, este alineamiento automático dice muchísimo. Demuestra, sin el menor margen para la duda, que el presidente del Partido Justicialista provincial está absolutamente decidido a hacerle la vida imposible al intendente Daniel Harrington.
¿Por qué este encono personal que termina pagando el vecino común? Todo se remonta a una factura del pasado, cobrada con el rencor típico del manual más rancio de la partidocracia: es el pase de factura luego de que Harrington denunciara, hace ya varios años, que le habían negado sistemáticamente participar en la interna del Partido Justicialista.
Hoy, esa mezquindad se traduce en un bloqueo institucional sistemático. Desde que comenzó la gestión de Harrington hace ya seis años, el bloque dominado por Rodríguez se empeñó con un esmero singular y digno de mejor causa en dificultar cualquier intención de avance para una ciudad que, como todos sabemos perfectamente, durante décadas estuvo sumida en el bajo fondo del desarrollo y la dádiva estatal recalcitrante.
Pero durante los últimos años, decidieron dar un paso más allá en su estrategia de deslealtad política. Mediante presiones permanentes, la utilización de amenazas de juicio político como si fueran moneda de cambio corriente y la elucubración de constantes trabas burocráticas, tanto Matías Rodríguez como sus aliados decidieron que era el momento de concretar un delirio: cogobernar la ciudad desde las bancas legislativas. O, al menos, forzar al Municipio a someterse a sus caprichos.
Escuchen este dato y prepárense para la indignación: el Concejo Deliberante de Tolhuin maneja para este ejercicio un presupuesto estimado en la friolera de 1.820 millones de pesos. Si hacemos la cuenta más simple, la división matemática arroja un número que es un verdadero escándalo moral: cada uno de los cinco concejales dispone de unos 33 millones de pesos mensuales para llevar adelante sus funciones.
En una ciudad que arrastra deudas históricas de infraestructura, que durante décadas enteras flotó literalmente en aguas cloacales por la desidia de las gestiones del pasado, que este puñado de representantes de esca capacidad maneje semejante caudal de dinero de forma absolutamente discrecional es, como mínimo, un bochorno intolerable.
Y para colmo, ni siquiera cuidan lo que gastan. Recordemos que a finales de 2025 estalló una crisis administrativa y financiera de proporciones brutales cuando desde el Municipio se expuso ante la luz pública que los ediles habían dilapidado irresponsablemente casi la totalidad de ese presupuesto anual de más de 1.500 millones de pesos en tan solo ocho meses de gestión.
Dejaron las arcas legislativas en cero mucho antes de terminar el año, saliendo a exigir bajo amenazas varias más partidas presupuestarias y poniendo en riesgo directo el pago de sueldos de la propia institución.
Desde el Ejecutivo los señalaron, con sobrada justificación, por aprobar ordenanzas “fantasmas” -como costosas obras públicas de escalinatas de dudosa urgencia- sin efectuar la más mínima consulta técnica o financiera sobre su viabilidad.
La irresponsabilidad es total: gastan a manos llenas el dinero que le vendría muy bien a la mayoría de los barrios y, cuando se quedan sin fondos por su propio descontrol, tensionan las instituciones al límite. Es el mundo del revés.
Mientras la ciudad se debate hoy en una etapa absolutamente crucial de su historia, donde debe determinar con madurez y visión estratégica el rumbo de su desarrollo futuro, los concejales utilizan su tiempo y los recursos públicos para citar a funcionarios de forma permanente con el único y mezquino objetivo de obstaculizar la gestión diaria.
Llegaron al extremo ridículo y payasesco de requerir a secretarios municipales para preguntarles, con tono inquisidor, en qué lugar exacto de una plaza de reciente construcción iban a ubicar las mesas de cemento y los tableros de ajedrez fijos.
Sí, escuchaste bien: mientras Tolhuin necesita debatir zonificación, inversiones estructurales y empleo, la preocupación de la vieja política que encarna como su mejor alumno Matías Rodríguez, es el inventario de los tableros de ajedrez en una plaza de la ciudad.
Estamos ante un Concejo Deliberante paralizado en sus ideas, pero hiperactivo en su toxicidad, que aprueba -con viento a favor- un par de ordenanzas de verdadero interés ciudadano por sesión.
El resto de su labor parlamentaria se basa de forma exclusiva en montar shows mediáticos, citar a funcionarios bajo apercibimiento y amenazas de juicios políticos, y emitir una catarata de pedidos de informes de los cuales jamás surge una sola herramienta legislativa superadora.
No hay propuestas reales para las situaciones coyunturales que requieren pronta intervención; solo hay palos en la rueda. Y el último gran botín en la mira de esta corporación desgastada son las Termas del Valdez.
Mientras el Ejecutivo municipal logró reabrir a principios de este año el complejo bajo una administración estatal controlada, con cupos limitados para consolidar el turismo, el bloque de Matías Rodríguez mira el proyecto con fuerte recelo y mucha, pero mucha codicia.
En las últimas sesiones, exigieron tener voz y voto en el diseño final del plan de gestión. ¿Por qué tanto apuro por meter la mano en las termas? Porque hay sectores dentro del cuerpo legislativo que presionan ferozmente por dos vías: por un lado, controlar la millonaria caja que el complejo turístico va a generar a medida que se afiance la oferta en la provincia; y por el otro, avanzar a paso firme hacia un modelo de privatización o de fuerte concesión a privados.
Como el Concejo quema su propio presupuesto antes de tiempo, ven en las Termas del Valdez una billetera ajena a la cual echarle mano para sostener su descalabro financiero.
Ante este escenario brutal, hay que advertirle algo a Rodríguez y los suyos, con total firmeza: muchachos, están recurriendo a las peores artimañas de la vieja política. Y lo peor de todo es que no la ven. Están enceguecidos en sus privilegios de aparato.
Sin embargo, es oportuno recordarles que, en las últimas dos elecciones, la propuesta de La Libertad Avanza ganó cómodamente en la ciudad de Tolhuin. Sin estructura partidaria tradicional, presentándose con candidatos prácticamente ignotos para el gran público y sin contar con los recursos económicos multimillonarios que maneja el Concejo, los libertarios le demostraron de forma contundente al “aparato” peronista obsoleto de Vuoto y Rodríguez que el escarmiento social está pronto a tronar en las urnas si insisten en subestimar a la gente.
Después de décadas de ostracismo y postergación, Tolhuin decidió caminar hacia adelante. Aun con dificultad, busca avanzar y consolidarse. La decisión de sus ciudadanos al votar de forma consecutiva a Daniel Harrington para la intendencia tiene que ver precisamente con ese deseo colectivo de impulsar, de una vez por todas, orden y progreso.
La comunidad ya no es ingenua: mira de reojo estas permanentes y vergonzosas disputas palaciegas y analiza el escenario con memoria de cara al futuro. Matías Rodríguez y Walter Vuoto representan hoy prácticas políticas completamente agotadas, corporativas y profundamente rechazadas por una sociedad que ya no tolera que el dinero de sus impuestos se use para sostener caprichos de poder personal.
El tiempo de la impunidad política se está terminando y el ruido del descontento ya resuena en cada esquina de Tolhuin, aunque algunos se nieguen a escucharlo.





Segundo semestre: Milei afronta encrucijadas, tensiones y un nuevo tablero rumbo a 2027

La historia no se repite, pero rima: retratos de la ceguera voluntaria en el poder


