


El Infierno de Dante y la institucionalización de la desesperanza
Christian Bisso
Hay libros que cada tanto, vuelvo a leer. En algunos casos porque son un buen pasatiempo y en otros, porque su espíritu se resignifica a medida que vamos transcurriendo la vida. “La Divina Comedia”, de Dante Alighieri, es uno de esos textos al que retorno sistemáticamente y que, reconozco, devoro con tanta pasión como velocidad.
Y en este caso, comienzo el programa de hoy trazando un necesario paralelismo entre aquel poema que habla de un viaje hacia la redención y la realidad de un pueblo que añora la esperanza de un futuro mejor.
La inscripción que preside la entrada al Infierno de Dante, “¡Abandonad toda esperanza, vosotros que entráis!”, no era solo una advertencia para los condenados; era la definición de un sistema sin retorno. En la Tierra del Fuego actual, ese cartel a las puertas del Infierno no es de piedra como en la obra literaria, sino de incapacidad, burocracia y un aislamiento político que parece haber institucionalizado la desesperanza como única moneda de cambio.
El paralelismo es tan trágico como evidente. Mientras que Dante diseñó un embudo de círculos concéntricos donde el castigo se ajustaba al pecado, nuestra provincia ha construido una espiral propia donde el ciudadano común desciende, peldaño a peldaño, hacia la precariedad, mientras la dirigencia más encumbrada observa desde las cornisas más altas, protegida por el privilegio de sus propias decisiones.
No hablamos aquí simplemente del costo fiscal, de presión impositiva o del gasto público, conceptos que ya han saturado el debate político provincial. Hablamos de la estatización de la voluntad.
Porque en la isla, la política ha dejado de ser una herramienta de transformación para convertirse en una estructura de contención donde “abandonar la esperanza” es el requisito para sobrevivir al sistema. Si esperas un cambio, el sistema te expulsa; si aceptas la inercia, se te permite sobrevivir.
El primer círculo de este infierno fueguino es la dependencia. Se ha convencido a la población de que, sin la dádiva estatal o el vapuleado régimen de promoción industrial, el abismo es inevitable. La esperanza de una economía diversificada, pujante y genuina fue sacrificada en el altar de un modelo que premia la lealtad, la obsecuencia y el silencio por sobre las ideas, el desarrollo y la productividad.
En el centro de este esquema reside la anomia institucional. Al igual que en la obra de Alighieri, donde las leyes divinas son implacables pero los condenados nunca terminan de entender la forma en que pueden liberarse, en Tierra del Fuego las reglas de juego cambian según el viento del norte o la conveniencia del caudillo local. Esa incertidumbre es la que termina de quebrar el espíritu de cualquier emprendedor.
La política provincial ha perfeccionado el arte de la simulación. Se inauguran maquetas, se anuncian puertos que solo existen en un Power Point y se promete soberanía que se diluye en cada viaje a Buenos Aires para mendigar fondos. Es una coreografía irreverente que, para el observador atento, solo confirma que el horizonte de progreso es una línea que va hacia atrás cada vez que los fueguinos intentamos ir hacia adelante.
Hace un tiempo leí que “la mayor tragedia no es el dolor, sino la resignación ante lo inevitable”. No tengo dudas que esa frase resume el estado psicológico del electorado fueguino. La crítica no debe recaer solo en quien ejerce el poder, sino en la arquitectura que permite que ese poder sea eterno e incuestionable. Hemos construido una provincia donde la alternancia es una utopía y la crítica es vista como una traición al “destino de grandeza fueguino”.
El paralelismo con el Infierno se completa con la traición. Para Dante, el último círculo, el más frío y desolado, estaba reservado para los traidores. Y en nuestra realidad, la traición es el incumplimiento sistemático de la promesa fundacional de esta provincia: ser el faro de la República Argentina en el extremo sur del continente. Hoy, en lugar de faro, somos un enclave de supervivencia dependiente de la dádiva del poder central.
Cruzar el arco de la realidad política actual implica reconocer que el “modelo” y sus principales actores han agotado su capacidad de dar respuestas. No se trata de ajustar tuercas o cambiar nombres; se trata de derribar la inscripción que nos condena a la pasividad.
Si no recuperamos la capacidad de imaginar un futuro donde podamos crecer más allá de la tutela asfixiante del Estado provincial, el cartel de Dante, ese que nos recomienda abandonar la esperanza, seguirá colgado en la entrada de cada fábrica, vivienda, calle y -sobre todo- en cada despacho oficial.
Tierra del Fuego no puede seguir siendo el lugar donde la esperanza viene a morir. El desafío a estas alturas es advertir que, si no cambiamos el rumbo, el hielo del último círculo del Infierno terminará por congelar definitivamente nuestras opciones de elegir un destino mejor.





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