La emulsión de la hipocresía: cuando la rosca y la supervivencia unen al agua y al aceite

Detrás de las feroces críticas públicas, referentes políticos antagonistas ensayan en Río Grande una alianza táctica impulsada por la pura conveniencia electoral. Un pacto contra natura y cargado de cinismo que busca garantizar la supervivencia en el poder.
Opinión18 de mayo de 2026Christian BissoChristian Bisso

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La política fueguina tiene sus vaivenes. Y entre idas y vueltas, parece que todo vale a la hora de solidificar las aspiraciones personales. Incluso si las mismas obligan a perpetrar la más variada gama de incoherencias reprochables.

Porque, en definitiva, Tierra del Fuego permite que un dirigente político critique a las autoridades nacionales de una fuerza opositora, pero que en su provincia no solo se reúna sino que incluso negocie de cara al futuro, siempre pensando en su conveniencia.

Es así que este fin de semana, un encumbrado representante de un partido político tradicional, se trasladó hasta Río Grande para reunirse con dos figuras de peso que son, además, caras visibles de una fuerza antagónica.

Según la ciencia, el agua y el aceite no se mezclan principalmente porque tienen naturalezas químicas opuestas y diferentes densidades. Sin embargo, ambas pueden forzarse a formar una emulsión. Ni más ni menos que una unión temporaria que, por diferentes razones, tienen a romperse inexorablemente.

En la política fueguina obra la magia y las emulsiones son permanentes. Y ese encuentro político de sábado por la noche en Río Grande parece demostrar que lo que la física encuentra imposible, los voraces dirigentes políticos fueguinos son capaces de lograrlo.

El conclave fue a instancias del vástago del matrimonio, que hoy ocupa un cargo preponderante. Se sabe que, en esa dinastía, las decisiones de peso se toman en el vértice de la pirámide. El encuentro tuvo sus toques grotescos: el dirigente encumbrado de Ushuaia llegó al norte de la provincia abrazado por un hambre voraz.

Y literalmente devoró el banquete que le ofrecieron los anfitriones. Incluso cuando sació su apetito voraz, y de acuerdo a su cada vez más frecuente falta de modales, le pidió a su acompañante que le trajera servilletas y algo para tomar. El problema es que quien lo acompañaba es nada menos que una dirigente de peso de su fuerza política que ostenta -también- un alto cargo de representación .

La escena provocó rechazo entre quienes recibieron al visitante. No conocían sus escasos modales, sus formas y su pedantería para expresarse. Poco pudieron sacar en limpio de ese encuentro donde, de alguna forma, buscaban empezar a definir puntos en común que más allá de las ideologías, les permita conservar -o expandir, según el caso- su cuota de poder.

En el laboratorio del poder fueguino, los partidos políticos tradicionales y los emergentes parecen haber encontrado el catalizador perfecto para desafiar a la ciencia. Ese componente mágico no es la ideología, ni mucho menos el bien común; es la pura, dura y voraz conveniencia de cara a las elecciones de 2027.

El reciente cónclave nocturno en Río Grande es la prueba obscena de este fenómeno. Mientras ante las cámaras de televisión y en las redes sociales los dirigentes locales escenifican una batalla campal -donde unos acusan al Gobierno nacional de “crueldad” y “vaciamiento”, y los otros responden tildando a sus rivales de ser “la casta” responsable de la miseria provincial-, en privado el decorado se cae. Cuando las luces se apagan, la distancia entre Ushuaia y el norte de la isla se acorta mágicamente para compartir un banquete de poder.

La hipocresía es total. Para el militante de a pie, el libreto exige indignación y grieta irreconciliable. Pero para los encumbrados jerarcas de las estructuras tradicionales y los herederos de las dinastías políticas locales, el manual de supervivencia dicta otra cosa: asegurar la cuota de poder, expandir los negocios a futuro y, fundamentalmente, evitar el frío del llano.

Resulta grotesco observar cómo el discurso de la “nueva política” anti privilegios y a favor del futuro del ciudadano se disuelve ante los malos modales de un visitante ampuloso que confunde la representación provincial con la servidumbre, al mismo tiempo que los anfitriones -supuestos guardianes del cambio- asienten en silencio con tal de abrochar un acuerdo táctico.

Lo que realmente se planifica en esas mesas no son políticas de Estado para mejorar la vida de los fueguinos; es ingeniería de conservación mutua. Saben que el escenario hacia 2027 requerirá de emulsiones temporarias para sobrevivir. Al final del día, la voracidad une más que la doctrina.

Este tipo de confabulaciones nocturnas y reservadas no pasan inadvertidas para una sociedad que asiste, entre estupefacta y agotada, al desmantelamiento de sus certezas cotidianas, o al menos de esas que les pregonan con impostada convicción.

Cuando el vecino de Río Grande o Ushuaia ve que quienes se insultan por la mañana se abrazan por la noche, lo primero que se rompe no es un acuerdo político, sino el contrato moral entre el representante y el representado.

El ciudadano común, que hoy asume sacrificios económicos brutales bajo la promesa de un “cambio” o bajo la bandera de la “resistencia”, descubre con dolor que sus esfuerzos son el combustible de una farsa.

El impacto en el humor social es devastador y se traduce, en primera instancia, en una profunda sensación de desamparo. El votante incauto, que creyó genuinamente en la promesa de dinamitar los vicios de la vieja política, cae en la realidad cuando sus referentes locales están dispuestos a mimetizarse con lo más rancio del sistema antes que arriesgar su cuota de influencia.

Por su parte, el militante de partidos tradicionales cuyos dirigentes pretenden erigirlos como “frentes de resistencia”, sufre el frío de la contradicción ideológica al ver a sus cuadros más encumbrados, entregando banderas históricas en el altar del pragmatismo más inmoral.

Estuve buscando palabras que simplifiquen lo que provoca cuando ambos antagonistas se juntan, casi en secreto, sin agenda de gestión, pero con hambre de poder. Y creo haberlas encontrado: es el “imperio del cinismo colectivo”.

Porque cuando la contradicción se normaliza desde la cúspide del poder, la palabra empeñada pierde todo su valor de cambio. La política deja de ser vista como una herramienta de transformación social para transformarse, a ojos de la comunidad, en un mero juego de mesa donde los dados están cargados.

La consecuencia directa es una apatía generalizada: la gente se cansa de ser el decorado necesario de una obra de teatro cuyo final ya fue escrito en una cena a puertas cerradas, cargada de intereses sectoriales t regada de malos modales.

No tengo dudas que estas alianzas contra natura operan como un poderoso disolvente de la identidad comunitaria. Tierra del Fuego, con sus particularidades geopolíticas y socioeconómicas, necesita más que nunca de liderazgos claros, transparentes y predecibles.

Cuando las cúpulas borran las fronteras ideológicas por pura conveniencia personal, desorientan a los sindicatos, cámaras empresariales, organizaciones civiles y sociales, que ya no saben con quién hablan ni qué intereses reales defienden sus interlocutores de turno.

El peligro latente de esta dinámica es la mutación del enojo en resignación. El enojo es, después de todo, una energía que busca canalizarse en una alternativa; la resignación, en cambio, es la muerte de la participación democrática.

Al constatar que “todos son lo mismo” cuando de retener privilegios se trata, el ciudadano opta por el repliegue individual. La famosa frase “que se vayan todos” se transforma en un silencioso “váyanse todos, que yo me arrastro como puedo”, destruyendo el tejido social y la construcción colectiva que la provincia tanto requiere.

Entre tanta hipocresía, me resulta inevitable volver a la imagen del principio, porque es imposible soslayar el componente de humillación implícito en esas escenas que yo te describía más arriba.

La falta de decoro y respeto en la mesa de un encuentro entre anfitriones e invitados que te conté más arriba es un reflejo a escala de cómo tratan a la ciudadanía: con modales toscos, grandilocuencia vacía y la firme convicción de que el resto debe estar allí para servirlos.

El rechazo que sintieron los anfitriones es el mismo que mastica el fueguino de a pie cuando percibe la soberbia de sus gobernantes. No tengo dudas que la confluencia promiscua entre el peronismo y el libertarismo fueguino deja al descubierto una verdad incómoda: las feroces críticas cruzadas no son más que un acting para la tribuna.

En el vértice de la pirámide, donde verdaderamente se toman las decisiones, las convicciones son un lujo caro y descartable.

Lo único que realmente cotiza en bolsa es la garantía de seguir perteneciendo al selecto grupo que se reparte los platos del banquete provincial, aunque para ello deban sentarse a comer con su peor enemigo.

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