


El espectáculo de la mezquindad: Melella y Vuoto, otra vez en guerra de egos
Christian Bisso
Se denunciaron mutuamente. Luego se amigaron y tejieron una alianza que duró casi lo mismo que un suspiro. Y volvieron a pararse en veredas opuestas, poniendo en riesgo la paz social solo para medir sus propios egos.
El gobernador de Tierra del Fuego, Gustavo Melella y el intendente de Ushuaia, Walter Vuoto, disputan poder de la peor forma posible. Y el legítimo reclamo de quienes perciben subsidios de gas envasado es la excusa para que ambos muestren sus más despreciables cualidades.
La política de Tierra del Fuego parece atrapada en un bucle de resentimiento y pragmatismo vacío. La relación entre Melella y Vuoto, ha mutado de la hostilidad judicial a la conveniencia electoral con una velocidad que marea. Sin embargo, detrás de este baile de máscaras no hay convicciones, sino una disputa de poder territorial que hoy utiliza a los sectores más vulnerables como munición de guerra.
Lo que sucede por estos días en toda la provincia, pero especialmente en Ushuaia, no es una discusión de modelos de gestión; es una pulseada de vanidades que utiliza la necesidad básica de los ciudadanos como herramienta de desgaste.
El historial de agravios entre ambos dirigentes viene a ratificar lo que digo. Porque es tan extenso como sombrío, siempre marcado por un pasado que ambos prefieren olvidar cuando las encuestas los obligan a sonreír para la foto, pero que reflota con violencia ante la menor diferencia.
No podemos ignorar los tiempos en que la Justicia fue el escenario principal de su relación, con denuncias cruzadas por espionaje ilegal y seguimientos dignos más propios de una novela policial de baja estofa. Aquellas acusaciones representaron una ruptura total de la confianza institucional, donde se denunciaban mutuamente por utilizar los aparatos del Estado para perseguir al adversario político.
En aquel entonces, las veredas opuestas parecían definitivas, separadas por un abismo de sospechas y descalificaciones personales que llegaban al tuétano de la ética pública. Pero la política de la conveniencia obró un “milagro” de corta vida. Ante el avance de fuerzas opositoras, Melella y Vuoto decidieron archivar los odios para tejer el año pasado una alianza electoral que nació muerta.
Fue un pacto de cúpulas, un matrimonio por compromiso donde los gestos de unidad escondían dagas bajo la mesa. Esa alianza duró casi lo mismo que un suspiro: el tiempo justo para que las urnas se cerraran. Aquel acuerdo no buscaba mejorar la calidad de vida de los fueguinos, sino garantizar la continuidad de sus respectivas parcelas de poder. El tiempo así lo demostró.
Hoy, ese frágil equilibrio se ha roto definitivamente, devolviéndonos a un escenario de confrontación abierta que pone en riesgo la paz social. La excusa para esta nueva batalla es el subsidio de gas envasado. Es aquí donde la política muestra su cara más despreciable, transformando un beneficio vital para miles de familias en un botín de guerra.
Ya no se discute eficiencia o cobertura en el reparto de energía; se discute quién tiene el control de la calle y quién puede dañar más la imagen del otro. Las sospechas de que desde la Municipalidad de Ushuaia se fogonean los reclamos por el gas encasado no son casuales ni antojadizas, sino que responden a una metodología de agitación política evidente y recurrente.
Walter Vuoto parece jugar al límite, utilizando la estructura militante para canalizar una angustia real como lo es la falta de recursos para calefaccionarse en el rigor del invierno fueguino, hacia un objetivo puramente político. Es el uso de la necesidad como herramienta de extorsión institucional, una táctica peligrosa que suele terminar mal para quienes la impulsan.
Por su parte, la respuesta de Gustavo Melella no ha estado a la altura de la magistratura que ostenta. En lugar de desactivar el conflicto con soluciones técnicas y diálogo directo, el Gobierno provincial suele caer en la trampa de la contestación reactiva, alimentando la espiral de violencia dialéctica que tanto daño hace.
En esta medición de egos, la gestión se vuelve secundaria. La pregunta en los pasillos de Casa de Gobierno no parece ser cómo garantizar que el gas llegue a cada hogar, sino cómo evitar que el oponente capitalice políticamente la protesta. Es un espectáculo de mezquindad donde el frío de la gente es solo un dato estadístico en una operación de prensa sistematizada en las redes sociales.
Esta dinámica de pararse en veredas opuestas solo para medir fuerzas es un insulto a una sociedad que ya les dio la espalda. Los últimos procesos electorales y el clima de la opinión pública actual muestran un agotamiento terminal hacia ambas figuras que parecen vivir en una realidad paralela de internas, chicanas y operaciones de baja catadura moral.
Que les quede claro a ambos: la gente está cansada de ser testigo de una pelea de palacio mientras la inflación devora los salarios y los servicios básicos fallan. La sociedad fueguina ha madurado más rápido que sus dirigentes; ya no compra el relato de la victimización de uno, ni la supuesta épica de la resistencia del otro.
Es imperativo que ambos mandatarios entiendan que el tiempo de la confrontación estéril se acabó. La paz social no es una moneda de cambio ni un juguete para sus estrategias de políticas, pensando siempre en las próximas elecciones. Se necesita, de manera urgente, que bajen las banderas del narcisismo político y se sienten en una mesa real de trabajo para solucionar los abundantes problemas de los fueguinos.
La confrontación no remedia el problema del gas, ni el de la vivienda, ni el del empleo; por el contrario, genera un clima de inestabilidad que solo profundiza la crisis. Si no hay un cambio de rumbo, la historia -y sobre todo las urnas- van a terminar de sepultar a quienes prefirieron sus egos y la conveniencia sectorial por sobre el bienestar de la gente.
La realidad fáctica es tan dura como el invierno fueguino: mientras Melella y Vuoto se denuncian, se amigan y se vuelven a traicionar, el tejido social se desgarra y clama respuestas a una dirigencia que prefiere no escuchar.
Así, queda demostrado una vez más que la política que no sirve para mejorar la vida de la gente no es política, es simplemente una puesta en escena para sostener privilegios sectoriales.
La conclusión es inapelable: el conflicto no es por los recursos, sino por el control del relato. Cuando dos dirigentes ponen sus ambiciones personales por encima de la paz social y la provisión de servicios esenciales, pierden la autoridad moral para pedir el acompañamiento de la ciudadanía. El agotamiento de la sociedad fueguina es un hecho objetivo que ninguno de los dos puede seguir ignorando sin pagar un costo político definitivo.
Quizás aún no se dieron cuenta, pero ya se volvió urgente que tanto Gustavo Melella como Walter Vuoto entiendan que la confrontación no soluciona los problemas. Al contrario, la profundización de la disputa local solo garantiza más parálisis institucional.
Es momento de calmar los ánimos y de que la madurez política aparezca, si es que queda algún rastro de ella. Tierra del Fuego no puede seguir siendo rehén de dos dirigentes políticos que, en su afán por destruirse mutuamente, solo terminan destruyendo la confianza de un pueblo que ya no espera nada de ellos.





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