
Herencia de esfuerzo: de la cultura del trabajo al temor por el futuro
Christian Bisso
Se conmemora el Día del Trabajador. Una fecha que desde hace muchos años parece destinada a ser celebrada cada vez por menos compatriotas. Una fecha que engloba diversas sensaciones: alivio para unos pocos, incertidumbre para otros tantos y desesperación para una porción muy importante de la sociedad.
Desde chicos, en las reuniones familiares y en las aulas de las escuelas, se nos enseña que “el trabajo dignifica” a la persona. Y para mí, siempre fue una frase tramposa, convertida en una verdad aceptada que, cuando uno se dispone a hondar después de rascar la superficie, puede encontrar implicaciones éticas y sociales bastante profundas.
En principio porque si la dignidad de una persona emana de su trabajo, la conclusión lógica es que quien no trabaja no tiene dignidad, lo que de alguna forma deshumaniza a los jubilados, a las personas con discapacidades severas o a quienes se dedican al cuidado del hogar sin remuneración. Ni qué hablar de los desempleados, que lamentablemente incrementan las estadísticas año a año.
Incluso, considero que esa frase que se le atribuye a Karl Marx pero que ya superó fronteras ideológicas, ha sido utilizada para romantizar condiciones laborales precarias. Porque bajo la premisa de que “estás siendo dignificado”, se volvió mucho más difícil cuestionar salarios de cada vez más bajos o jornadas extenuantes.
Al final, se utiliza como un analgésico social que tiende al conformismo, pero, aún más, al egoísmo. Porque muchas veces, si tenés trabajo estás tranquilo y lo que sucede alrededor con aquellos que no lo tienen, pierde trascendencia o queda en segundo plano.
Cuando aceptamos que el trabajo nos define, nuestra identidad personal queda ligada exclusivamente a nuestra función dentro del ámbito laboral al que pertenecemos. Tan simple y tan complejo a la vez. Si dejas de producir, dejas de “ser”.
Pero no me quiero ir por las ramas del análisis ético y social de un concepto sumamente discutido y prefiero centrarme en otros datos que dan cuenta de la realidad laboral del país, pero, principalmente, de Tierra del Fuego.
Nuestra provincia ha pasado de picos históricos de empleo a caídas profundas, con una vulnerabilidad mayor a los ciclos de consumo interno que otros distritos de la Argentina. Entre fines de 2023 y principios de 2026, Tierra del Fuego registró una de las caídas más severas del país. A abril de 2026, se reporta una pérdida interanual de aproximadamente el 10,5 % de los asalariados del sector privado.
Según datos oficiales, hacia diciembre de 2025, la provincia contabilizaba unos 34.800 trabajadores asalariados registrados en el sector privado, frente a los casi 37.000 del año anterior.
La industria electrónica y textil en Río Grande y Ushuaia fue durante muchos años el motor de la provincia y, paradójicamente a la vez, el sector más golpeado. Solo en el último año, se estima que la pérdida de puestos en la industria y el comercio ha sido el principal factor del retroceso provincial.
Mientras que entre 2014 y 2017 el empleo se mantuvo en niveles altos por el consumo, el periodo 2018-2020 vio una caída drástica, una recuperación parcial post pandemia -2021 y 2023- y una nueva fase de contracción pronunciada desde 2024.
A nivel nacional, la caída según cálculos oficiales fue del 1,4 %, lo que demuestra que el impacto en Tierra del Fuego, con un retroceso del 10,5 % como te decía antes, es casi 7 veces más profundo que el promedio del país.
Con otra particularidad que hay que tener en cuenta: Tierra del Fuego suele anticipar las crisis de consumo nacional debido a su perfil industrial; cuando el consumo cae, las fábricas fueguinas de nuestros parques industriales son las primeras en ajustar nóminas de empleados.
La estadística refleja que el empleo fueguino es altamente sensible a las políticas de importación y aranceles, que se deciden muy lejos del suelo de la isla, mostrando fluctuaciones mucho más violentas que los distritos del centro del país.
En este contexto nocivo que parece haberse arraigado definitivamente en la provincia, cabe preguntarse qué están haciendo nuestras autoridades para revertir la tendencia negativa. Y la respuesta surge sola: casi nada.
Porque la diversificación de la matriz productiva es una frase vacía que se usa como una promesa mágica, sin presupuesto ni leyes que la respalden. Sin embargo, técnicamente es una necesidad de supervivencia para el empleo fueguino.
La transición energética o el hidrógeno verde como panacea, también parece ser una entelequia. Gustavo Melella se ha encargado de decirnos una y otra vez que el camino es por ahí. Sin embargo, los proyectos no avanzan a la velocidad de la narrativa del gobierno.
Y para colmo, la región de Magallanes, acá cerca en Chile, se consolida mes a mes en la producción de esa fuente de energía. Para que te des una idea de lo que nos estamos perdiendo: solo en operación y mantenimiento, la planta Aru Oni ya generó 200 puestos de trabajo y entre 300 y 500 profesionales trabajan por estos días en la región exclusivamente en estudios de impacto ambiental e ingeniería para los más de 20 proyectos en carpeta.
¿Te das cuenta del lugar en el que estamos parados? Porque mientras el gobernador habla de “soberanía energética”, la realidad estadística indica que la provincia sigue perdiendo empleo industrial y que el hidrógeno verde, por ahora, es una expectativa que no llega al recibo de sueldo de los fueguinos.
Para colmo, extraer petróleo ya no parece una opción a mano. Durante décadas, esa actividad fue motivo de orgullo en el agreste suelo fueguino. Hoy, entre abrazos y sonrisas de funcionarios y empresarios de dudosa capacidad, una empresa floja de papeles es presentada por el gobierno fueguino como la opción hacia el futuro.
Esa misma empresa –que casi no tiene empleados registrados y que emitió cheques sin fondos a mansalva- ya arrancó despidiendo a trabajadores con amplia experiencia en la materia y no se sabe a ciencia cierta qué perspectivas concretas existen para la actividad.
Podría seguir citando ejemplos de promesas de empleo que no se concretan. La modernización del Subregimen de Promoción Industrial para atraer empresas que inviertan en la provincia y generen trabajo; el desarrollo del puerto de Río Grande o convertir a Ushuaia en la puerta de entrada a la Antártida son todos anuncios grandilocuentes que por múltiples factores -la mayoría de ellos políticos- no se concretan.
Vi a mis abuelos trabajar a destajo y morir en las más austeras condiciones. Vi a mi padre trabajar incontables horas para que nade falte en casa. Y cuando terminé la secundaria, la advertencia fue inequívoca: “Estudias y trabajas”.
Hoy, miles de padres fueguinos no pueden decirle eso a sus hijos. Y la verdad es que no puedo dejar de pensar lo afortunados que fuimos. Las condiciones son cada vez peores y migrar se vuelve una opción cierta. Algunos, a otras provincias; otros, fuera del país. Todos, buscando trabajo que les otorgue mejores condiciones para el futuro.
Hace muchos años, alguien me dijo que Tierra del Fuego era el último lugar del país donde no le habían robado la esperanza al pueblo. Esa persona había llegado hacía pocos meses desde su añorada Florencio Varela, en el sufridísimo conurbano bonaerense profundo.
Llegó aquí, como tantos otros, buscando un futuro mejor. No volví a verlo nunca más. No sé si logró materializar ese futuro que soñó o si, por el contrario, acá también le robaron la esperanza.
Hoy tengo trabajo. Radio Provincia me da la posibilidad de estar sentado acá delante de este micrófono para decir lo que siento y pienso, sin condicionamientos y con las mejores condiciones de trabajo posible. Todos los días doy gracias por esta posibilidad.
Descubrí a fuerza de trabajos en blanco y en negro, que lo que dignifica no es el trabajo por sí mismo, sino las condiciones en las que se realiza y el sentido que el individuo le otorga.
Ojalá que pronto llegue el día donde quienes habitamos esta provincia, hoy herida por la desidia de quienes la marchitaron, nos devuelva no solo la posibilidad de ganarnos el sustento con nuestro esfuerzo sino, además, que el orgullo de pertenecer a esta tierra sea, finalmente, más fuerte que el dolor de haberla visto caer.




Gobernador, quédese tranquilo: no hay ningún complot urdido en las sombras

La falacia del miedo: Melella, la Ley de Goteo Diario y el fantasma de la “destitución”

El faro que se apaga: la ética libertaria sacrificada por la lealtad política




