


Melella, la brújula desimantada y un barco sin rumbo
Christian BissoEn la navegación antigua los métodos para conducir la nave a través de los océanos eran limitados, pero sumamente efectivos. Durante siglos, los marinos más avezados recurrían a la navegación astronómica, guiándose mediante las estrellas en la noche y la posición del sol, durante el día.
Sin embargo, más allá de los astrolabios, los cuadrantes y la sonda de mando, había una herramienta que todo capitán tenía a mano, porque a pesar de su simpleza, resultaba sumamente confiable: la brújula.
Ni más ni menos que una aguja imantada, que se alineaba con el campo magnético de la tierra apuntando siempre hacia el norte. Tan simple como eso, y tan efectivo a la vez. Sin embargo, cuando esa brújula se desimantaba, no solo traía problemas de orientación sino, además, malos augurios.
Una brújula desimantada -si se enteraba de su existencia la sufrida tripulación- pronosticaba incertidumbre, todo tipo de rumores y, por qué no, hasta peligro de motines. El riesgo de perder el rumbo en medio del océano aterraba hasta los más valientes.
Es que la superstición en alta mar funcionó siempre como mecanismo de defensa. Los navegantes eran supersticiosos en extremo debido al peligro constante, la imprevisibilidad del mar y la falta de control sobre su entorno.
Por esos días, la gestión de Gustavo Melella al frente de la provincia parece padecer el mal de la brújula desimantada. Es que el capitán del barco, no solo sufre las consecuencias de que ese vital aparato ya no funcione, sino que, a su vez, observa como la tripulación de la nave queda al borde de la anarquía, producto del terror que provoca viajar sin rumbo.
La prueba más tangible del desgobierno que reina en la cubierta del barco de Melella la brindó, paradójicamente, el presidente de la Dirección Provincial de Puertos, Roberto Murcia, quien sobre el cierre de la semana pasada acudió a la Legislatura para brindar detalles acerca de la acción llevada adelante por ese organismo desde que se produjo la intervención del Puerto de Ushuaia por parte de la Administración Nacional de Puertos y Navegación.
Durante el encuentro con los legisladores, Murcia fue consultado sobre el proyecto que remitió el Gobierno provincial para crear la Sociedad de Inversión, Desarrollo y Gestión Portuaria, con el objeto de que capitales privados puedan administrar dicha terminal, lo que para muchos representaba un riesgo serio de privatización del Puerto de Ushuaia.
El funcionario no tuvo pudor en coincidir con el pase a archivo de dicha propuesta, al punto que ponderó la decisión que el cuerpo había tomado. Para que se entienda: un funcionario de Melella les agradeció a los legisladores que no abrieran el debate a una ley que el propio Melella habían enviado a la Legislatura.
Murcia -seguramente consciente de lo que hacía- dejó en evidencia que en la cubierta del barco de Melella reina el caos. Que el gobernador, como capitán con brújula desimantada, ya no puede contener a la tripulación de su buque -o sea, sus funcionarios- y que el clima de desesperación va en aumento.
Lo más llamativo es que tras sus dichos, Murcia sigue en el cargo. El propio legislador Jorge Lechman criticó la actitud del titular de la Dirección Provincial de Puertos de quien dijo, padece una “desconexión” de la realidad.
Pero para Lechman, la situación es incluso más grave porque tras escuchar a Murcia en su visita a la Legislatura, y analizando los pasos que siguió el gobierno desde la intervención del Puerto de Ushuaia, el parlamentario consideró que Melella procedió a la “auto entrega” de la terminal.
El legislador Pablo Villegas abona las sospechas en torno al rol del Estado provincial al momento en que se produjo la intervención del Puerto de Ushuaia. Para Villegas, la sucesión de fallos en la estrategia judicial propició un escenario adverso para la provincia.
En resumidas cuentas, Villegas argumentó que tanto el organismo a cargo de Roberto Murcia como el propio gobernador Gustavo Melella, desoyeron las recomendaciones judiciales de la Fiscalía de Estado.
Con la brújula desimantada a full, el barco navega casi a la deriva. A bordo escasea la comida y el agua. No se ve en el horizonte tierra firme. La brújula del capitán gira enloquecida y no marca el norte. La tripulación, literalmente, hace lo que quiere y deja a la nave al borde del desconcierto.
Mientras tanto, el capitán del barco, ni más ni menos que Gustavo Melella, insiste en que nada de eso sucede, que la brújula pronto volverá a marcar el norte y que mágicamente todo volverá a ser como antes.
La situación en torno al Puerto de Ushuaia desnudó no solo la anarquía que reina en la gestión de Gustavo Melella. Dejó en evidencia que las internas, las rencillas sectoriales y el “sálvese quien pueda” son una constante para una gestión a la que todavía le quedan por delante 2 largos años.
¿Cómo es posible encaminar una gestión cuyo derrotero parece guiado más por el azar que por decisiones pensadas y ejecutadas en función del bien común? ¿Cómo es posible navegar a buen puerto los próximos 2 años de mandato cuando los propios cuestionan las decisiones que toma el capitán del barco en el que estamos subidos todos?
Mirando al sol o a las estrellas, todo parece indicar que Gustavo Melella tiene cada vez más problemas para que este barco cruce el océano que lo separa de las consignas de campaña que el mismo prometió. Por el bien de todos los fueguinos, ojalá que más pronto que tarde, la brújula que el gobernador tiene en su mano, vuelva a marcarle el norte.





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