


La política del turismo legislativo y la comedia de los egos peronistas
Christian Bisso
Tierra del Fuego asistió este fin de semana a una nueva función de ese teatro ambulante que suele montar la dirigencia política cada vez que decide descender a la provincia para fotografiarse con el paisaje austral.
La comitiva de senadores nacionales encabezada por figuras de peso en la escena parlamentaria como Juliana Di Tullio, Alicia Kirchner, Natalia Gadano, Carlos Linares y Fernando Salino, convenientemente flanqueados por la senadora fueguina Cristina López, desembarcó en la isla con un libreto sumamente predecible: semblantes de honda preocupación, recorridas estratégicamente fotogénicas para el consumo de redes sociales y un nutrido repertorio de consignas que encajan a la perfección en un marco de protesta opositora, pero que aportan poco y nada a las urgencias cotidianas que atraviesan las familias fueguinas.
En Ushuaia, la agenda pública cumplió minuciosamente con el manual del protocolo político más tradicional. Hubo una primera parada frente a los monumentos que recuerdan a los caídos en combate en la gesta de Malvinas, seguida inmediatamente por la filmación de videos sobreactuados con el predio de la Base Naval Integrada y el puerto de la capital provincial como fondo escénico. Rostros adustos, críticas ruidosas hacia la gestión de Javier Milei y una serie de diatribas patrioteras formaron el menú principal de la jornada.
Todo lució fríamente calculado, pensado para la tribuna nacional pero completamente desprovisto de sustancia concreta. Si la intención real de la visita era mostrar músculo político en uno de los puntos más impactados por el rumbo económico actual, el resultado final se pareció demasiado a un simple bluff publicitario: mucha escenografía, abundante catarsis colectiva y un vacío alarmante de ideas que mejoren la calidad de vida de los fueguinos.
La posterior parada en la Municipalidad de Ushuaia tampoco ofreció sorpresas en la superficie. El presidente del Partido Justicialista provincial e intendente capitalino, Walter Vuoto, los recibió a pura sonrisa, abrazos grandilocuentes y el habitual intercambio de gentilezas. De aquel encuentro emergió, una vez más, el fatigado mensaje de unidad partidaria que se repite como un mantra cotidiano en cada micrófono que se enciende.
Sin embargo, lo sucedido apenas unas horas después terminó por confirmar lo que la mayoría sospechaba desde el principio: al menos por ahora, las apelaciones a la unidad no son más que una mera expresión de deseos llena de buenas intenciones, pero totalmente vacía de acciones concretas que propicien su efectiva concreción.
La mañana del sábado mantuvo la misma tónica escenográfica. Se concretó una reunión con vecinos y vecinas afectados por el corte del suministro de gas y el retiro de medidores por parte de la firma Camuzzi. Abundó allí la catarsis compartida y se multiplicaron los señalamientos al modelo libertario. Eso sí, no se registró ni un solo amague ni compromiso real para generar un proyecto de ley nacional que proteja de manera efectiva a las personas en situación de vulnerabilidad tarifaria en nuestra provincia. Nada de nada.
Ya en la ciudad de Río Grande, el itinerario incluyó una visita a la planta industrial de Aires del Sur, empresa que atraviesa un cuadro crítico mientras sus trabajadores aguardan la luz verde para reactivar las líneas de producción de equipos de aire acondicionado. Para cerrar el itinerario, la comitiva ofreció una conferencia de prensa en las instalaciones de un hotel cinco estrellas de la ciudad norte, donde volvieron a expresar su honda preocupación por el contexto provincial, reiteraron la necesidad de buscar la unidad y renovaron sus críticas al Poder Ejecutivo nacional.
Sin embargo, al margen de lo provechosas o inútiles que puedan resultar estas giras parlamentarias para la provincia, el paso de los senadores por Tolhuin y Río Grande terminó desnudando un trasfondo político infinitamente más complejo. La visita puso en evidencia la profunda desconexión existente dentro del peronismo entre sus discursos públicos y sus hechos cotidianos.
En un gesto que resulta difícil de disimular, los seis legisladores visitantes y la senadora López obviaron mantener reuniones privadas con los intendentes Martín Pérez y Daniel Harrington, ambos referentes territoriales que hoy se encuentran fuera de la estructura formal del justicialismo provincial.
Nadie sabe explicar a ciencia cierta qué ocurrió entre la jornada del viernes y la mañana del sábado para que las reuniones protocolares que estaban debidamente agendadas y confirmadas terminaran siendo canceladas sin atenuantes. Salvo el encuentro en Ushuaia con Vuoto -que incluso, según afirman quienes conocen los pasillos de la política local, corrió serio peligro de no llevarse a cabo-, el resto de la agenda institucional con los jefes locales se desmoronó por completo. Vale la aclaración: la posibilidad de que los senadores nacionales se reunieran con Harrington y Pérez había sido gestionada directamente por el entorno de la propia López y de su esposo, el legislador provincial Juan Carlos Pino.
Surgen entonces las preguntas inevitables en el tablero político provincial: ¿Será cierto que la presión ejercida desde la conducción partidaria en Ushuaia terminó provocando que los senadores nacionales se quedaran sin la foto formal junto a los intendentes de Río Grande y Tolhuin? ¿Será verdad que ni Pérez ni Harrington hicieron mayores esfuerzos para revertir la cancelación una vez notificados de la suspensión? ¿Qué tan cierto es que varios teléfonos sonaron repetidamente en ambas orillas del mapa político advirtiendo que lo más conveniente era encorsetar la agenda en Tolhuin y Río Grande exclusivamente al marco de las actividades difundidas previamente a la prensa?
Desde el Municipio de Río Grande intentaron restarle trascendencia oficial al episodio para evitar alimentar la polémica pública. Sin embargo, las fuentes más cercanas al entorno del intendente Martín Pérez no ocultaron su malestar y arrojaron luz sobre el verdadero estado de la interna. Quienes caminan los pasillos del Ejecutivo riograndense remarcaron con dureza que “hay un sector de la política local que habla permanentemente de unidad, pero que a la hora de los hechos demuestra exactamente lo contrario”.
La crítica que surgió desde Río Grande no se detuvo allí. Desde el entorno directo de la gestión municipal agregaron una definición tajante sobre la conducta de la conducción partidaria del justicialismo: “Cada vez que aparece una oportunidad para construir algún vínculo institucional o político, son los primeros en intentar romperlo. Hay sectores que, más que buscar acuerdos, trabajan para dividir y dificultar cualquier posibilidad de entendimiento”.
La declaración pinta de cuerpo entero la desconfianza estructural que reina en el peronismo fueguino y expone la hipocresía de quienes proclaman la cohesión mientras ejecutan el veto sistemático a cualquier acercamiento.
Frente a este escenario, queda meridianamente claro que quienes están llamados a propiciar la cohesión dentro del espacio político más relevante de Tierra del Fuego se encuentran hoy muy lejos de hallar puntos de coincidencia elemental. Se trata, sin dudas, de una nueva oportunidad perdida.
Mientras las bases y la militancia exigen unidad y reclaman dejar de lado las rencillas personales en cada asamblea y en cada publicación en redes sociales, los dirigentes del peronismo fueguino continúan completamente enfrascados en una agotadora lucha de egos, anteponiendo sus apetencias individuales por encima de cualquier proyecto colectivo.
La tradicional máxima doctrinaria que postula que “quien gana conduce y quien pierde acompaña” pretende ser impuesta de manera prematura, mucho antes de que las urnas dictaminen su veredicto. Para ciertos sectores de la dirigencia provincial, parece alcanzar con el número favorable de alguna encuesta de coyuntura para hacerle saber a sus rivales internos que no piensan ceder ni una sola baldosa del poder y que la hora de la resignación ha llegado para todos los demás, menos para ellos.
Esta imposibilidad autoprovocada de generar un consenso amplio resulta aún más grave cuando se observa cómo la conducción se arroga una representatividad totalitaria que, al menos por ahora, nadie puede certificar que posea en los hechos. Pretender conducir desde la exclusión y el veto es un ejercicio de soberbia que solo profundiza la brecha con la sociedad.
Si la dirigencia del peronismo fueguino persiste en transformar cada visita nacional en una escenografía vacía y cada diferencia interna en un motivo de ruptura, la posibilidad de consolidar una alternativa seria seguirá diluyéndose frente a la mirada atónita de un electorado que demanda soluciones reales y recibe, a cambio, un espectáculo mezquino.





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