


El legado de Güemes como espejo incómodo para la política actual
Christian Bisso
En el vasto panteón de los próceres argentinos, hay un dato histórico que destaca con una contundencia ineludible: Martín Miguel de Güemes fue el único general de alto mando de nuestro país que murió en combate, por heridas recibidas en el campo de batalla durante la guerra de la Independencia.
Este hecho no es una simple curiosidad de almanaque; es el testimonio definitivo de un nivel de entrega, coherencia y sacrificio que, a la luz de la actualidad, resulta dolorosamente ajeno a nuestra realidad.
Hoy, analizar la vida política y militar del caudillo salteño no debe ser un ejercicio de melancolía y didáctica escolar, sino una vara moral urgente para medir la catadura de nuestra dirigencia política contemporánea.
Güemes no fue únicamente un militar aguerrido montado a caballo; fue, ante todo, un líder político de una inteligencia excepcional. Como gobernador de Salta, no solo organizó la “Guerra Gaucha” -una brillante estrategia de guerrillas que contuvo siete invasiones realistas y blindó el plan continental de San Martín-, sino que logró algo que hoy parece una utopía: la cohesión social.
Bajo su mando, la lucha independentista unió a sectores postergados, indígenas y humildes peones rurales. A ellos, sus “gauchos honrados y valientes”, tal como él mismo los describía, los defendió a capa y espada, afirmando: “No son asesinos sino de los tiranos que quieren esclavizarlos”.
Güemes construyó poder político para ponerlo al servicio de la Nación, no de su patrimonio personal. En las antípodas de este modelo, gran parte de la clase política actual parece obsesionada con gestionar la división. Alimentarla solo sacar rédito del caos.
Los dirigentes de hoy fracturan a la sociedad para fidelizar electorados, administrando la crisis en lugar de resolverla y priorizando el cálculo electoral, las encuestas y el resguardo de sus propios privilegios por encima de cualquier proyecto de país.
La brecha ética entre Güemes y el liderazgo moderno se vuelve abismal al observar el desenlace de su vida. La noche del 7 de junio de 1821, cuando una partida realista, guiada por traidores locales, emboscó a Güemes en la ciudad de Salta, su hermana Macacha le rogó que escapara por una puerta falsa. La respuesta del general define su fibra moral: “¡No! Mi guardia está adelante y sería una cobardía dejarlos solos”.
Prefirió montar su caballo y abrirse paso a tiros junto a sus soldados, recibiendo el artero balazo por la espalda que finalmente le costaría la vida. Agonizó durante diez días a la intemperie en la Cañada de la Horqueta. En su lecho de muerte, los jefes españoles le ofrecieron médicos y clemencia a cambio de que ordenara la rendición de sus tropas. Güemes se negó y prefirió desangrarse con honor.
Cabe preguntarse, ante este nivel de estoicismo: ¿Cuántos de los dirigentes que hoy ocupan bancas, ministerios o gobernaciones estarían dispuestos a sacrificar siquiera un fuero, un cargo o un mes de sueldo por el bienestar de la patria?
La política contemporánea se ha vaciado de vocación de servicio para convertirse, demasiadas veces, en un refugio de especuladores donde el riesgo lo asume siempre el ciudadano de a pie, mientras la cúpula se atrinchera en su comodidad.
Güemes no solo luchó contra el imperio español; padeció la incomprensión y el boicot del poder central porteño y fue víctima de la oligarquía salteña, que financió su caída porque el líder gaucho les exigía contribuciones para sostener la guerra.
Güemes conocía bien el daño que la mezquindad interna le hacía al país naciente. En una carta a Manuel Belgrano, dejó plasmada una reflexión que resuena como un eco trágico en nuestro presente: “Mis afanes y desvelos no tienen más objeto que el bien general y en esta inteligencia no hago caso de todos esos malvados que tratan de dividirnos. Así pues, trabajemos con empeño y tesón, que, si las generaciones presentes nos son ingratas, las futuras nos tendrá en su memoria...”.
La inquina de sus contemporáneos fue tal que, al conocerse su muerte, la prensa en Buenos Aires, inspirada por opositores, llegó a celebrar que hubiera caído el “abominable Güemes”. Doscientos años después, Argentina sigue atrapada en la misma lógica. Las facciones políticas se tratan como enemigos mortales, incapaces de acordar políticas de Estado básicas, mientras el país real se hunde en problemas estructurales.
Revitalizar la figura de Martín Miguel de Güemes hoy no implica buscar mártires. Significa exigir a quienes nos gobiernan el mismo coraje moral.
Los desafíos del siglo XXI en Argentina no requieren caballerías en la frontera, pero sí demandan líderes que comprendan que la libertad, las ideas y el desarrollo de un pueblo, se defiende con coraje en el accionar diario y no con palabras vacías.
La historia del general salteño nos enseña que la verdadera autoridad no la otorga un cargo de turno, sino el ejemplo de vida; que no se puede liderar a un pueblo si no se está dispuesto a poner el cuerpo por él y al lado de él.
Es hora de que nuestra clase política se mire en el espejo del pasado y los próceres que hicieron grande a nuestra tierra. Hasta que no comprendan que la función pública es un acto de entrega absoluta, seguiremos añorando a aquellos patriotas que supieron hacer de este suelo una verdadera nación.





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