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title: "Sin banderas ni ideología: cuando el mercado y la política se funden en la impunidad"
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description: "No hay buenos ni malos, solo corruptos. Por qué la verdadera grieta en América Latina no es entre derechas e izquierdas, sino entre los honestos y quienes vacían el futuro ajeno."
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date_published: "2026-11-07T05:36:00-03:00"
date_modified: "2026-11-07T07:58:02-03:00"
author_name: "Christian Bisso"
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category_name: "Opinión"
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# Sin banderas ni ideología: cuando el mercado y la política se funden en la impunidad

![editorial_07112026](/download/multimedia.normal.81f3faa8b011f2f5.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp)

Hay una peligrosa comodidad intelectual en pretender que el mapa del delito económico se divide según las formas y los dogmas que cada quien enarbole. Nos han educado para buscar bandos, para identificar derechas e izquierdas, tecnócratas eficientes o populistas redistributivos, como si la catástrofe social dependiera de un manual teórico.

Sin embargo, la realidad se empeña en desnudarnos las certezas con una violencia implacable. Si analizamos con rigor los hechos recientes que sacudieron a la región -como el colapso y la escandalosa trama de corrupción detrás de Ueno Bank en Paraguay- y los proyectamos sobre nuestra memoria histórica y nuestro presente, la conclusión es tan simple como amarga: entre quienes saquean el futuro de la gente, solo hay corruptos.

La caída de Ueno Bank no es meramente una crisis financiera institucional; es la radiografía descarnada de una estafa sistémica perpetrada contra la buena fe de la sociedad. Estamos hablando de directivos, políticos, agentes bursátiles y nombres bien conocidos dentro de juntos conformaron una red de complicidad que operó bajo la fachada de la modernidad digital, prometiendo inclusión y dinamismo, mientras vaciaban por dentro los ahorros de millones de ciudadanos a través de créditos truchos a empresas vinculadas, simulación de balances e ingeniería delictiva.

No importa qué corbata vestían, qué oratoria corporativa ensayaban o qué tan cerca se posicionaban del poder político de turno: cuando se levanta el terciopelo de los discursos, lo único que queda es una banda de delincuentes de guante blanco apropiándose del esfuerzo ajeno.

Esta tragedia paraguaya resuena con un eco fantasmal y doloroso si cruzamos la frontera y recordamos el saqueo histórico que vivimos los argentinos a comienzos de los años 2000. Aquel brutal "corralito" y la posterior confiscación de los depósitos no nacieron de un fenómeno casual ni de una fatalidad inexorable del destino: fueron el producto planificado de la codicia y la impunidad de una clase dirigente -financiera y política- que rifó los ahorros de toda una vida.

Allá por diciembre de 2001, millones de argentinos caminaron mansos hacia la ventanilla del banco creyendo en la solidez del sistema, confiando en las reglas del contrato social, solo para descubrir que sus ahorros habían sido confiscados y evaporados en despachos oscuros.

La dinámica es idéntica en Asunción hoy y en Buenos Aires ayer. Cambian las divisas, cambian las plataformas tecnológicas, pero la matriz delictiva permanece incólume. Nos roban apelando a nuestra confianza, violentando el pacto cívico más elemental que sostiene a una nación: la certidumbre de que el fruto del trabajo honesto tiene un resguardo legítimo.

Por eso, cualquier intento de maquillar ideológicamente a estos actores es una mojada de oreja a las víctimas. Da igual si el estafador se justifica en el libre mercado o en la justicia social; los delincuentes no tienen patria, ni ideología, ni bandera partidaria. Tienen contactos, influencias y una absoluta falta de escrúpulos. Más allá de las etiquetas que profesen, son delincuentes y deben estar tras las rejas.

Esta reflexión inevitablemente nos empuja a mirar el presente argentino y a preguntarnos cómo impacta este clima de época en la gestión de **Javier Milei**. El actual gobierno llegó al poder con un mandato fundacional implacable: barrer con los privilegios de la casta y demoler un sistema corrupto que parasita al ciudadano de bien. La narrativa libertaria se nutre, precisamente, de la indignación legítima de una sociedad cansada de ser estafada por la política tradicional y sus socios prebendarios.

Sin embargo, el peligro para una administración que ha hecho de la lucha contra los privilegios su principal capital político es gigantesco. Cuando la podredumbre financiera estalla en los países vecinos -demostrando cómo los entramados de complicidad público-privada destruyen naciones enteras de la noche a la mañana-, la opinión pública se vuelve implacable con el cuidado de las formas y la decencia ética.

En la Argentina de Milei, donde el ajuste social es durísimo y el esfuerzo recae sobre las espaldas del trabajador, cualquier atisbo de tolerancia hacia “amigos del poder”, cualquier sombra de impunidad para corporaciones financieras o sospechas de que los lobbies de siempre se reciclan bajo las nuevas siglas, actúa como un ácido corrosivo sobre la legitimidad del cambio que la gente avaló con su voto.

Si la política económica actual tolera o encubre a los sectores que medran a costa del Estado y de la buena fe popular, el relato se desploma. La sociedad argentina ya no está para tolerar dobles varas. El mensaje final que nos deja el espejo de la región es que la impunidad, tarde o temprano, se paga carísima.

Para el gobierno de **Javier Milei**, el único escudo que lo protege del descrédito total consiste en sostener una línea ética inquebrantable: demostrar con hechos que el rigor de la ley no se negocia con los poderosos de turno.

Porque cuando la gente comprende que ha sido estafada en su buena fe, la paciencia democrática se agota, y los pueblos, más temprano que tarde, terminan exigiendo justicia sin importar las siglas y los slogans de aquel que se sienta en el sillón de Rivadavia.

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